martes, 17 de enero de 2012

Confesión N°136: He descubierto que a veces me gusta hacerme la víctima.


He descubierto que probablemente me cueste un montón olvidarme de él. El motivo, más que  quererlo un montón (que sí lo quiero, pero pasará) es que me gusta ese estado de dama en apuros esperando que llegue el caballero con su armadura (oxidada o no) para salvarla. A mí me gusta estar triste y tener ganas de escribir y no tener ni puñetera idea de lo que me depara el futuro. A mí me encanta imaginarme cómo serán las cosas y luego descubrir que la vida jamás será como siempre imaginé que sería. Yo adoro ese estado de reconstrucción y de esperanza que viene luego de terminar una relación. También la sensación de alivio y las ganas inmensas de que todo sea diferente cuando sé que las cosas no cambian. 

Yo soy una completa romántica, aunque jamás he apoyado la idea pendeja de la perfección. Yo no creo en la monogamia, pero me encantaría encontrar a alguien que me quiera para toda la vida, alguien cuyo amor sea incondicional. Yo sé que muchos pensarán que estoy loca y que es imposible que el amor verdadero vaya acompañado de terceras personas, pero ¿no consideran que estar amarrados a alguien de por vida es fastidioso? Yo creo que ésta es la causa del fin de las relaciones hoy en día. Yo digo: todos sabemos que en algún punto de una relación alguno de los dos miembros (o los dos) termina queriendo experimentar con alguien más, y en algunas ocasiones esto no quiere decir que te quieran menos, sino que es necesario un respiro en medio de toda la monotonía. 

Lo que quiero decir  es que yo no creo en el típico final feliz con la casita, los perritos y el montón de muchachitos, porque tarde o temprano todos terminamos cansados de la perfección. En cambio creo en la libertad, en el amor verdadero, en la decisión con convicción de pasar el resto de tu vida con alguien porque quieres hacerlo y no porque debes. Creo también en la honestidad, en las miradas tiernas de agradecimiento y en la cooperación en un medio en el que todos somos considerados iguales. Después de leer esto muchos pensarán que pienso así luego de que terminé con el corazón roto, pero no. En el paréntesis que representaron esos casi cuatro años en mi vida, yo comencé a creer en el matrimonio, en los muchachitos, en la casita, en el maridito y en la vida perfecta a causa de la persona que estaba conmigo en ese momento.

 Esa persona quería todo eso y yo estaba tan cegada por mi “amor” que en ningún momento me puse a pensar si realmente valía la pena dejar de lado lo que había comenzado a creer a partir de los 13, cuando descubrí que el mundo no era como Disney me había dicho toda la vida que era.  Hoy, después de haber cerrado gran parte de ese capítulo en mi vida, puedo decir que vuelvo a retomar todo aquello que siempre creí. Y sí, volveré a creer en mis historias trágicas que nunca son perfectas y volveré a enamorarme sola y me seguiré consiguiendo a sapitos que tendré que besar hasta al cansancio. Todo eso hasta encontrar a la persona que espero, porque sí, a mí me encanta hacerme la víctima, ¿y qué?

P.D. Esta vez  quiero escuchar My happy ending de Avril Lavigne. ¿Que por qué? Pues porque me da la gana. ¡Sean felices, niños! (Este post fue escrito el 07/01/12, cuando andaba sin internet).


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