sábado, 23 de junio de 2012

Confesión Nº213: Ya no me da tiempo para estar triste

Los dos últimos días fueron una especie de remolino loco que me dejó sin energía. El jueves me levanté con los ánimos por el piso, sobre todo después de darme cuenta de que no recibí respuesta a un correo que mandé. Luego de eso me dediqué a recoger un poco la casa y como todavía era temprano, vi un episodio del dorama de turno. Cuando terminé me puse a dar vueltas por toda la casa mientras buscaba qué ponerme, hacía y comía mi desayuno y buscaba unas guías de la uni (que nunca encontré, por cierto). Salí de mi casa tardísimo porque no me fijé en la hora mientras hacía todo. Los que conocen Vargas saben  que salir después de las 10 de la mañana es un completo caos, se podrán imaginar la cola. El caso es que corrí como nunca y llegué tarde como siempre.

Cuando llegué a clases tenía 15 minutos de retraso, la profe andaba entregando la nota de los exámenes finales y yo entré en crisis. Necesitaba 9,5 de 20 para pasar la materia, saqué 11, así que podrán imaginar mi felicidad al ver mi examen. Sé que esto es bastante conformista, pero nunca una materia me había causado tanta flojera y preocupación al mismo tiempo por no pasarla, desde que estoy en la universidad es la primera vez que estoy realmente preocupada por una cosa como ésta. Y eso no es lo peor, si no la pasaba, no iba a poder ver traducción de francés el año que viene, lo que significaba que perdería un año completo. Afortunadamente nada de eso pasó y ya puedo respirar en paz, ésa era la única materia que me tenía mal (de hecho en las otras voy MUY bien) y ya sé la nota, puedo estar tranquila durante las últimas 2 semanas de clases.

Ese mismo día, terminé yendo obligada a una charla de un filósofo y poeta francés que se presentaba en la escuela de Filosofía. Es la primera vez que oigo a un francés con un tono de voz alto. Por cierto, el viejito era muy cuchi y me gustó mucho de lo que dijo, especialmente algo relacionado con la traducción literaria. Ese día terminé siendo demasiado comeflor caminando por Tierra de Nadie mientras caían las hojas y pensaba en el montón de cosas que me faltan hacer como traductora.

Ayer fue un día completamente diferente. Para empezar, tuve que madrugar para hacer un trabajo que terminaron destruyendo en clases sin estar yo presente (no entré a clases porque llegué tarde y lo mandé con alguien que sí entró) por andar de irresponsable haciendo todo a última hora. Afortunadamente era sólo una corrección y puedo entregarlo acomodado la semana que viene. Mientras que esperaba que Mi compañero de aventuras y La comunicadora que estudió sociología salieran de clases, estuve hablando con todos los que salían de la clase en la que se suponía que debía estar (esa clase es muy fastidiosa, la gente normalmente sale durante largos períodos de tiempo porque se aburren, son 2 horas y media de clase) y luego decidí ir a encontrarme con mis amigos de francés porque tenía tiempo que no me encontraba con ellos.

Del grupo de francés extraño a Mafalda (¡les juro que es igualita!) y a La bailarina de pole dance. Es que son muy chéveres y era divertido hablar con ellas, además, Mafalda es un amor de persona. Estuve un rato hablando con ellas mientras veía cómo sufrían haciendo un glosario para terminología de francés. Me invitaron al café francés que había querido conocer durante un tiempo, pero ya tenía planes. Después de un rato con ellas, Mi compañero de aventuras me pasó buscando por los galpones y fuimos al comedor de la uni, en donde nos encontramos con La comunicadora que estudió sociología.

Cuando llegamos me dio mucha risa porque andaba con dos globos, uno morado y otro turquesa. Andaba feliz, parecía una niñita. Una vez allí, tuvimos que tomar tickets canjeables por comida en los cafetines de la uni porque los trabajadores del comedor andaban de paro. Fue así como terminamos en Farmacia, buscamos la comida (que estaba buena, por cierto) y luego fuimos al Instituto de Medicina Experimental, en donde compramos uno de los mejores batidos de parchita que me he tomado. Allí comimos, estuvimos hablando un rato de cine y le notificamos a Mi compañero de aventuras que iríamos al cine a ver una peli cursi porque a todas estas él no sabía qué íbamos a hacer.

Después de comer, quedamos todos en una especie de letargo y nos sentamos en el pasillo de las banderas. Mi compañero de aventuras andaba con sueño así que se acostó en mis piernas mientras que yo hablaba con La comunicadora que estudió sociología. Estuvimos allí un rato hablando los 3, luego pasó un muchacho de la escuela de Idiomas que nos vio raro, entonces nos dimos cuenta de que todos en la escuela deben pensar que Mi compañero de aventuras y yo tenemos algo porque siempre andamos juntos. Decidimos no pararle al asunto y continuar hablando (aunque debería preocuparme, después me pregunto por qué ando sola) hasta que se hicieron las 3 y fuimos al metro.

Al llegar compramos dulces, las entradas para la peli (vimos The lucky one) y por supuesto, las respectivas cotufas. En todo este proceso pasó algo muy gracioso. Estábamos sentados esperando que se hiciera la hora, hasta que apareció una señora como de 35 años con los senos y el trasero súper operadísimos, además cargaba una camisa que no dejaba nada a la imaginación. Se podrán imaginar cómo andábamos hablando de ella, hasta que nos dimos cuenta de que un señor atrás de nosotros nos veía feísimo. La señora estaba haciendo la cola para comprar cotufas, nosotros todavía no habíamos comprado las nuestras, así que antes de que él golpeara a Mi compañero de aventuras, decidimos alejarnos de él y meternos en la cola. Una vez allí, la señora nos dejó pasar primero porque estaba esperando a su esposo, quien no había llegado.  Obvio estallamos en risas por nuestra paranoia, pero La comunicadora que estudió sociología andaba verdaderamente asustada.

Al entrar en la sala, comenzaron inmediatamente los comerciales, de los cuales, debo admitir, soy fan. La película definitivamente no fue la mejor que he visto, pero la espalda de Zac Efron es algo que vale la pena ver en pantalla gigante. Por cierto, también descubrí por qué me gusta ir al cine sola: hablo demasiado cuando voy acompañada. Al salir, caminamos por Sabana Grande y vimos un montón de espectáculos callejeros. También me di cuenta de que en Venezuela hay demasiados niños pequeños y definitivamente no me gusta la idea, al caminar por allí sólo podía ver y escuchar niños y era traumante. La comunicadora que estudió sociología andaba muerta de risa. Para cuando llegamos a Capitolio nos tocó hacer una cola espantosa de casi 2 horas para agarrar carro y todos andábamos del mal humor. En el camino me dio demasiado sueño, me sentía realmente agotada. Creo que se debía a la semanita que tuve...

Como ven, ya no me da chance de sentirme mal por cosas como lo que pasó el miércoles. La vida anda enseñándome que cuando pasa algo malo tengo derecho a sentirme mal por ello, pero no a quedarme tendida revolcándome en el dolor porque la vida sigue, afortunadamente. No obstante, me gustaría saber por qué siempre regreso a ese punto, hasta ahora presumo que se debe a que nunca he podido hablar de frente con él acerca de los problemas y a que no me he permitido llorar, gritar y expresar verdaderamente todo lo que siento, pero la verdad es que no estoy segura, puede que sea sólo masoquismo aunque a veces también pienso en otro motivo, pero ése me lo guardo para mí. Creo que eso es todo por esta semana, ¡sean felices!

P.D. Los dejo con una canción de esas estúpidas rastreras que uno consigue por casualidad, I still miss you de Keith Anderson. 


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